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Violencia de género

  • Carolina Tovar
  • 5 jun 2016
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 27 ene 2021


Esta entrada parte de una reflexión estrictamente personal, ante situaciones públicas recientes en las que se ha justificado de un modo u otro la violencia de género en nuestro tiempo, como lo son el inaceptable y sonado caso de Rosa Elvira Cely o el de Natalia Ponce De León, en Colombia. Además, de la dinámica reciente de mis relaciones personales con algunos amigos y conocidos en las que me he sentido cuestionada y gracias a las cuales he encontrado la motivación necesaria para dejar sentada mi posición al respecto.

Para ilustrar este contexto, he querido reseñar a Woman Stats Maps. Un sitio en el que se han publicado diversos mapas que presentan la situación de las mujeres al rededor del mundo. Algunos corresponden a estadísticas actualizadas, pero para el propósito he elegido éste, que presenta una situación escalofriante: Tráfico de mujeres en 2011.

Los demás mapas pueden observarse según el interés del lector, visitando el sitio web de la organización.

Fuente: http://www.womanstats.org/newmapspage.html

Este mapa en particular nos muestra un altísimo porcentaje de regiones del mundo en las cuales el tráfico de mujeres es frecuentemente practicado e incluso, no es ilegal. La situación es increíblemente preocupante. Es terrible que en este tiempo aun haya tolerancia frente al maltrato a las mujeres cuando al tiempo, se hace cada vez más evidente que en ellas están las bases de la sociedad. Y es de la indignación que me produce este panorama aterrador que surge mi reflexión:

¿Que si las mujeres somos vulnerables? Todo el tiempo.

Uno lo escucha, lo lee y lo ve... todo el tiempo. Uno lo vive.

Somos víctimas de nuestras parejas y ex parejas. De nuestros familiares. De nuestros amigos. De otras mujeres, que por moralismos estúpidos o envidia nos juzgan.

Criticamos los machismos de otras culturas pero en nuestra sociedad, aparentemente más equitativa, lo vivimos todo el tiempo.

Imagen de la portada de la revista National Geographic en español, Abril de 2002

Nuestro papá es quien decide qué se ve en la televisión y su palabra es indiscutible.

Nuestros tíos cuestionan nuestra fuerza.

Nuestros amigos pretenden obtener más de nosotras de lo que muchas veces estamos dispuestas a dar.

Hasta el conductor del bus se siente con el derecho de tocarnos la mano al darnos las vueltas del pasaje si se nos ocurre levantar la mirada para verlo a través del espejo retrovisor.

Al ir a la tienda muchas bajamos la mirada o no la sostenemos, porque tenemos claro que la mayoría de los hombres malinterpreta algo tan simple como hacerlo.

Si usamos falda o tacones, habrá hombres y mujeres que se atrevan a decir que lo hacemos para provocar.

Si una relación terminó y por el motivo que sea, no queremos volver a ver al hombre con el que estábamos, nos exponemos muchas veces a persecuciones obsesivas: a amenazas y maltrato. Podemos temer que nos ataquen con ácido o hasta nos asesinen.

Hoy quisiera que los hombres de todos los orígenes sociales, de todos los niveles culturales pudieran entender que si somos amables no estamos accediendo a nada y que si no respondemos a las búsquedas insistentes es porque no queremos nada.

Tenemos el derecho a no querer. No tenemos por qué acceder.

Las mujeres de este tiempo nos hemos esforzado por estudiar, por trabajar, por cultivar nuestros talentos, por ser felices con nuestra belleza; por ser libres e independientes. Y es por nosotras. No para conseguir a nadie; no para complacer a nadie.

Y, si un hombre consigue nuestra atención, sin duda debería sentirse afortunado. Por naturaleza, las mujeres no vamos por ahí, viendo a ver quien cae, porque solo nos sentimos a gusto con alguien que logre encantarnos y eso hoy en día señores, es bastante complicado.

Hoy quiero luchar por mi. Espero que todo el mundo logre entenderlo. Si no quiero nada con Usted y es evidente, por favor, no insista. Jamás intentaré cuestionar su libertad, así que le agradezco, ni siquiera contemple la posibilidad de interferir en la mía porque eso es lo que quiero ser: Solo mía y de nadie más. Y no estoy dispuesta a permitir que absolutamente nadie me cuestione.


 
 
 

Carolina Tovar

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